Soy Analía Gallo, creadora de este gran peluche de colores.

Para entender Analua, hay que ir un poco más atrás.

Desde chica tuve una relación con el mundo que iba más allá de lo visual: era sensorial. Me obsesionaban las texturas, las formas, el impulso de mezclar cosas y preguntarme qué pasaba si juntaba esto con aquello. Esa pregunta —¿qué puede pasar si?— sigue siendo mi motor.

Ese impulso me llevó al mundo de la imagen: trabajé en vestuario, producción de moda, marketing, armado de vidrieras, escenografías. Pero había algo más que lo visual que me movía: la dimensión táctil de las cosas, el cuerpo de los objetos. Mi frase de cabecera cuando empecé a imaginar este proyecto era “la poesía de lo materializado” — piezas que existían en mi imaginario y que algún día quería poder tocar.

Después llegué a la cerámica, y ahí entendí algo que cambió todo. No solo que lo bruto puede convertirse en algo vivo — sino que parte del resultado nunca es del todo tuyo. Metés algo al horno y el fuego decide. Soltás el control, y en ese momento de incertidumbre aparece algo que no habías planeado. Eso mismo es lo que busco cuando diseño: meter materiales en tensión y ver qué pasa.

No controlar el final, sino acompañar el proceso hasta que algo nuevo existe.

Analua nació de esa necesidad de volver al juego, a la pregunta sin respuesta, a la magia de lo que todavía no tiene forma.

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